Euráfrica Trail. Crónica. Más que una experiencia. Bryan Trujillo.



Mis expectativas no se han quedado cortas. De camino hacia al aeropuerto Tenerife Sur –ahora escribo somnoliento desde el de Málaga- iba pensando en que, casi con total seguridad, me llevaría de Euráfrica Trail algo más que un buen puñado de kilómetros en las piernas. Y acerté.


Si hay algo que quiero agradecer a este evento es a ayudarme a romper un cliché. Un isleño como yo no sabe bien qué esperar cuando va a Algeciras, aparte de un mar distinto. La tele, los periódicos y el boca a boca han cubierto un lugar que debajo de esa sábana vieja y roñosa de márquetin negativo es precioso.


Desde el campamento europeo se ven claras las montañas por las que pasa la carrera. De lejos tienen buena pinta, pero cuando uno se mete en esos montes le cambia la visión. Durante los 25 kilómetros que hice más caminando que corriendo, pasé por lugares de una belleza impresionante. Nunca me imaginé que pudiese haber un terreno tan frondoso y tan húmedo en Algeciras.



El Parque Nacional de los Alcornocales es un tesoro que merece ser conocido y querido -parafraseando a Joaquín Sánchez, miembro de la Federación Andaluza de Montañismo (FAM)-. 


Después de cruzar la meta y quitarse el sudor de encima, dan ganas de volver ahí arriba para disfrutar de las vistas del estrecho, del agua cayendo, brincando, sonando, bramando, del río de la miel. Y de volver a ver el pinsapo, una especie de abeto que solo crece en unas pocas zonas de Andalucía. 


Los participantes de los 50 kilómetros -no estoy entre ellos- tuvieron la suerte de pasar por el “Bosque de la Niebla”, un manto húmedo de laurisilva que choca con la Algeciras sofocante del nivel del mar y que a mí me habría resultado familiar.


Por fin he entendido por qué a la gente le gustan tanto los campamentos de pruebas tan señeras como el Maratón Des Sables o la Titan Desert. No es por  dormir en una tienda de campaña. No. Es por la gente. La camaradería invade el ambiente y el buen rollo es el rey. Entre corredores todo es más fácil. No es raro ver cómo hablan los unos con los otros sin apenas conocerse, aunque después de comentar la carrera acabarán siendo amigos. La convivencia así es más fácil y más divertida.



El campamento europeo de Euráfrica Trail tiene otro atractivo para un friki como yo: pasar tiempo con los corredores élite. En otro formato de carreras sería impensable para un aficionado pararse a charlar con ellos tranquilamente. Sin embargo, en el campamento hay tiempo para poder hacerlo. 


Aparte del agua, que se puede cruzar, parece que hay un muro invisible y ancho y grande y resistente entre España y Marruecos. O esa es la sensación que me dio; es la primera vez que he viajado a este país. Hay pocos kilómetros entre ellos y nosotros, pero parece que hay una fría y lejana distancia entre dos pueblos que podrían ser hermanos. 


“Ve con cuidado”, me decían en casa antes de salir. No hizo falta que lo tuviera.  En Chauen, la ciudad azul donde estaba el campamento africano de Euráfrica Trail, se puede estar tranquilo. Recorrí sus empinadas y laberínticas calles dos veces: una en grupo y otra solo, y nunca temí demasiado por nada.


No pude participar en la etapa final de 30 kilómetros -tuve que emprender otra aventura de regreso a casa-, pero sí que pude presenciar la salida de la competición. En la previa, corredores locales y foráneos disfrutaban como si estuviesen con esos primos lejanos que se ven de vez en cuando y siempre caen bien. 


Por cierto, a los de Marruecos les gustan tanto las fotos como a nosotros. Participar en una carrera de este nivel, imagino, sería un motivo de orgullo para ellos. Se les veía sonrientes, contentos, con ganas de correr. Tanto es así que salieron liderando la salida neutralizada. Me habría gustado verles las caras al llegar a meta, fatigadas pero exultantes. Como la que tendría cualquier corredor del mundo. Seguro que en eso no hay diferencias.



Las historias de Euráfrica Trail

Cuando aún estaba resacado por el esfuerzo de la Quercus 25 mal escuché por la megafonía al speaker animando a un corredor que había tenido problemas de salud (algo así le entendí a @contadordeKm).


Me quedé con eso, pero perdí la oportunidad de conocer a ese corredor. Cándido Gómez, como me dijeron después sus amigos que se llamaba, es un luchador. 


“Soy minusválido de la pierna izquierda, tengo polio”, me dice en un mensaje. Aunque es fácil evitar el virus con una vacuna, a él le pillo de lleno cuando era pequeño. Cualquiera se habría dado por vencido, pero él no. Aunque por desgracia, los problemas no quedaron en eso. Ya de mayor sufrió dos infartos, de eso hablaba de forma velada el speaker. 


“Sigo corriendo porque me gusta y si se hace con cabeza y control se puede, y porque la vida es única y hay que vivirla”. Cándido está perfectamente vigilado por los médicos. No puede pasar de 150 pulsaciones por minuto cuando corre. Ese es su límite. 



Euráfrica Trail es él. Euráfrica trail es su historia y muchas más. Es ‘Goyo’, vecino en el campamento que nos ayudó a montar la tienda de campaña y se hizo amigo. Es tumbarte en la hierba con una cerveza en la mano y sentir que no necesitas nada más. Es Abdul, el marroquí que me guió por Chauen buscando un taxi para volver a casa. Es la osadía de viajar hacia lo desconocido. Euráfrica Trail es futuro. Es una demostración de que no hace falta tener una cifra de inscritos con cuatro ceros para organizar una carrera que deje huella. No es solo una carrera. Es, más que nada, una experiencia.

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